Lo que es obvio, no se ve, por lo tanto, no se cuestiona

//Lo que es obvio, no se ve, por lo tanto, no se cuestiona

Lo que es obvio, no se ve, por lo tanto, no se cuestiona

Por más que se escriba y se hable de la coherencia o de que interpretamos la realidad desde donde OTROS nos han dicho cuando entramos a formar parte de esta obra, seguimos sin entenderlo.

Esta conducta es lógica y por lo tanto, humana, puesto que esa comprensión está por encima de la obra misma, lo que quiere decir que está fuera de los límites de esta REALIDAD que compartimos todos, nos guste o no nos guste.

Hoy recordaba esto que acabo de contar, dado que a lo largo de mi experiencia ofreciendo conferencias y escribiendo artículos que comparto libremente con ustedes gracias a internet, sigo obteniendo respuestas o comentarios que parecen corresponder a otros artículos, a otras publicaciones que no son las mías, por no tener nada que ver ni con lo que estoy diciendo ni con nada que se le parezca.

Lo grave es que no es un error del que escribe, quien se ha podido equivocar y haya contestado a mi publicación queriendo haber contestado a otra publicación, sino que la gravedad radica en que no ha sido un error: dan su opinión sobre algo que no tiene que ver con lo dicho. Y lo más grave de esto es que no es un hecho aislado sino que esa es la historia de la humanidad: un sin sentido. 


Es como estar hablando del origen de los bereberes y que alguien responda con un comentario de actualidad social sobre la boda de un famoso que vio en una revista del corazón mientras esperaba ser atendido en una peluquería.

Esto me ha llevado a recordar la introducción de mi primer libro “Cambio de Realidad. Cómo se manifestó mi propósito” en donde cuento una experiencia o comprensión vivida por mí cuando tenía 8 años. Realmente, con solo esta introducción YA ESTÁ TODO DICHO y no habría hecho falta seguir escribiendo más.  Te la hago llegar, por si no has leído el libro:

“Todo empezó un día o más bien me di cuenta ese día en el que, teniendo ocho años y pasando al lado de un cementerio que tenía que atravesar en mi camino del colegio a casa, me vino a la cabeza la historia que la profesora nos acababa de contar. Mi profesora María.


Hace mucho tiempo, la gente que vivía entonces, creía que la Tierra era plana, hasta que un hombre descubrió que no, que la Tierra era redonda y lo dijo. Años más tarde, los científicos de esa época descubrieron que efectivamente, ese hombre había tenido razón. A partir de ahí, las personas ya “supieron” que la Tierra era redonda a pesar de no haberlo visto nunca.


En el camino de vuelta a casa, recordé las risas de mis compañeros de clase ante el asombro de tanta ignorancia de nuestros antepasados, pero yo no me sentía a gusto, algo estaba ocurriendo dentro de mí mientras iba pensando en ello.


¿Por qué no me había reído yo también? ¿Por qué me había sentido incómoda ante esa interesante historia contada a niños de ocho años por tan tierna profesora, la profesora María?


De repente, algo me azotó por dentro. Fue como un rayo, una corriente eléctrica, algo que te es dado, que no puedes entender de dónde viene.
Me quedé parada al lado del cementerio que, de tanto verlo, no desataba ninguna emoción en mí. Fue cuando me vino el clic.
En ese momento nos reíamos de la ignorancia de alguien del pasado.


¿Cómo podían haber sido tan tontos para “creer” durante siglos que la Tierra era plana?
¡Qué barbaridad!
Pero esa no fue la información que encerraba el clic que tuve. Lo que realmente me sacudió fue la certeza de lo que estaba entendiendo y era que entonces, por la misma regla, en ese mismo momento en el que yo caminaba de vuelta a casa, todos los seres humanos “creíamos” algo que en un futuro otros“descubrirían” que no era cierto. Y ahora, los ignorantes éramos nosotros.

¿Por qué íbamos a tener ahora la razón y nuestros congéneres de hacía siglos no?
¿Tenía yo la suerte de estar viviendo o haber nacido en el momento de la verdad y no los que nacieron siglos antes?


Con ocho años me di cuenta de que eso era precisamente lo que le ocurría al hombre, que siempre pensaba que había nacido en el momento de la verdad, independientemente de la época en la que naciera.


No estaba mal el razonamiento pero me aterrorizó el hecho de que esa verdad tuviera que venir de la mano de otros, de que otros descubrieran cosas, de que otros inventaran cosas, de que otros nos hicieran llegar esa información, de que otros decidieran qué era “real” para el resto de la gente.


Aún no sabía que la realidad se creaba de esa manera, como causa-efecto, como observación con emoción-creación y que, como todos observamos o miramos lo mismo porque todos nosotros estamos viviendo en el mismo momento histórico, sabemos lo mismo por el hecho de ser coetáneos, de compartir la misma época histórica.


Entonces, siguiendo la premisa de que nosotros creamos nuestra realidad, siempre íbamos a estar creando lo mismo, ya que esa observación (la misma para todos) se convertía en una creencia y la creencia, cuando tiene emoción, crea la realidad.
Por supuesto, siempre atendiendo a lo que fuera conocido por una mayoría, a lo que nos hicieran llegar aquellos a quienes diéramos el poder de la información, porque si no es conocido, no existe y no se puede reflejar como vida real para el resto de la Humanidad.


El clic que sentí con esa edad me dio un entendimiento de la situación global del ser humano. Entender esto es la clave de todo y de todas las creencias que conforman nuestra realidad.


Seguí caminando a casa, pensando en que estaba metida en un buen lío, con un gran peso en mi cuerpo y al mismo tiempo, con cierto alivio. Entendí enseguida que no podía compartirlo con nadie pues supe de golpe que ningún adulto de mi entorno había tenido el mismo clic que yo tuve y que esa era la causa de tanta incoherencia por su parte, incoherencias que en esos años yo entendía como mentiras, como cobardía o como estupidez sencillamente, dada mi corta edad.


Por lo tanto, escogí el hacer como si no supiese nada y me juré no dejar de observarme nunca para no perderme de vista.”
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Esto es parte de la introducción de la primera parte de la trilogía “Cambio de Realidad”.

Si lo has comprendido, entonces entenderás que no hay nueva era, que no hay niños especiales que vienen a salvar el mundo, que no hay varios seres emisarios que traen mensajes universales al mismo tiempo pero que los transmiten de distinta manera queriendo decir lo mismo, (¿no será más bien que quien piensa así está interpretando los mensajes desde donde puede y por eso, los ve iguales?), que no es el momento de “volver a casa” pues siempre lo fue y siempre lo está siendo, que no hay conspiraciones, que el despertar de la conciencia es un sueño dentro del sueño, que no hay evolución sino que cambiamos de focos, de objetivos o de modelos del bien según la época en la que vivamos, amén de más cosas.

Lo que sí hay es internet, con su información en un nanosegundo recorriendo el mundo y que internet no es casual y ni siquiera una sincronía.

Necesitamos internet para que creamos en todo lo anterior dicho en este párrafo y para poderlo vivir y experimentar en este acto de la obra que estamos viviendo. 


En realidad, la creencia y la experiencia están pasando al mismo tiempo porque son la misma cosa. Eso es entender el no-tiempo.

Gracias siempre y sigamos disfrutando.

Ruth Morales.

2017-12-08T19:43:17+00:00